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De máscaras y mascarillas

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Al principio fue una novedad. Y, como todo, nos costó adaptarnos a ellas e incorporarlas. Las veíamos con recelo, dudando de su uso. Apenas teníamos o habíamos llevado. Las teníamos que comprar y costaban de encontrar. Estaban agotadas.

Ahora, después de varios meses de convivencia, las llevamos (a pesar de que nos sigan estorbando) como una pieza más de nuestra indumentaria y tenemos, como sucede con las otras, donde elegir según el criterio que nos convenga: protección, combinación, molestia, innovación, …

Sí, efectivamente, estoy hablando de las mascarillas. Un elemento que hemos tenido que añadir desgraciadamente de forma obligatoria a nuestro vestuario cotidiano para salir a la calle, a raíz de la pandemia con la que convivimos desde el marzo pasado. A pesar de las incomodidades y dificultades que nos genera, todas y todos, desde niñ@s a ancian@s, hemos tenido que integrarlo y familiarizarnos con un elemento que nos impacta a muchos niveles: no sólo en el habla, el tono de voz y la respiración, también en el relacionarnos: nos cuesta entender las palabras, leer las expresiones o comprender los estados de ánimo.

Demuestra todo ello que vivimos en un mundo donde está muy sobrevalorado el lenguaje verbal cuando, en realidad, es un porcentaje muy pequeño de la forma efectiva de comunicación interpersonal. Curiosamente, leía estos días  una entrevista con el filólogo y experto en teoría de la comunicación, Sebastián Serrano, donde comentaba como el uso de las mascarillas hace que las emociones positivas queden ocultas porque, detalla: “la positividad la expresamos con la parte de la cara que hay entre la nariz y la boca y dejamos sólo a la vista la parte negativa, que, generalmente, expresamos con los ojos”.

Por este motivo, entre otros, las mascarillas han aumentado la permeabilidad del miedo, la inquietud o el malestar y han reducido el impacto de las sonrisas y la alegría en nuestra comunicación no verbal.

Más cosas … El otro día una buena amiga me mencionaba un artículo que hablaba de la tendencia que tiene nuestro cerebro de armonizar las caras y como, a raíz de ello, se había fijado que cuando imaginaba los rostros escondidos bajo las mascarillas nunca coincidían con las facciones que descubría cuando se las quitaban. Aparecían fisonomías diferentes, particulares, irregulares, menos favorecidas, según el canon marcado por la proyección idealizada perfecta del cerebro.

Las funciones de las máscaras

Las mascarillas forman parte de la familia de las máscaras. En este caso tienen una función de protección, como también nos pueden servir, por ejemplo, si fumigamos. Pero, como bien sabemos, hay muchas otras máscaras con otras funciones: las de oxígeno (para respirar), las de cutis (para estética), las de carnaval (para disfrazarnos), las de símbolos (para rituales religiosos o paganos), … Y, finalmente, las máscaras que más a menudo utilizamos de manera inconsciente. Son curiosas y muy buenas porque aparentemente no necesitan de un soporte físico y pueden cambiar muchas veces a lo largo del día sin que se estropeen. No tienen coste económico, de entrada, pero nos pueden resultar muy, muy caras con el paso del tiempo. Hablo de las máscaras que utilizamos para esconder(nos), para simular(nos), para pretender(nos). Con ellas enmascaramos nuestra esencia, nuestra realidad, nuestro sentir, nuestra persona.

Hemos arrinconado nuestros caracteres, la riqueza de nuestra diversidad. Y hemos convertido nuestro día a día en un teatro perpetuo, mecánico y alienado en que no sabemos cuando empieza y termina la función.

Si echamos atrás al origen etimológico de persona, observamos que proviene del latín para referirse a la máscara utilizada por un personaje teatral. Precisamente porque persona bebía de la máscara del teatro griego clásico. Con el tiempo, curiosamente, persona y máscara se han fundido, en un carnaval de fisonomías y de imposturas, invulnerables e imperturbables de perfección y satisfacción de expectativas, en el que hemos ido tragando y subyugando inquietudes, emociones, singularidades, esencias.

Evidentemente, sus beneficios a corto plazo son bastamente y comprobadamente efectivos: nos ayudan a navegar por la aceptación cotidiana, por las convenciones políticamente correctas, por los cambios permanentes de escenario, por los diferentes papeles de la vida… Pero, ¿quién o qué hay debajo la máscara? ¿Cuál es el precio a largo plazo?

La vida, ¿un perpetuo teatro o la realidad de quienes somos?

Hemos arrinconado nuestros caracteres (etimológicamente del griego, lo que vendría a ser nuestra marca personal, señales de nuestra humanidad), la riqueza de nuestra diversidad. Y hemos convertido nuestro día a día en un teatro perpetuo, mecánico y alienado en que no sabemos cuándo empieza y termina la función. Hasta el punto de olvidarnos de sacarnos la máscara porque, probablemente, no sabemos ni que la llevamos puesta.

Y me pregunto, volviendo al inicio cuando hablábamos de las dificultades de la comunicación: con estas máscaras cotidianas escogidas de apariencia, ¿cómo y desde dónde nos comunicamos? ¿Cómo nos relacionamos? ¿Cómo respiramos? ¿Realmente podemos conectar o comprendernos con tanto baile de máscaras y personajes por medio interfiriendo?

¿Sabemos vivir sin máscaras? ¿Podemos distinguirnos de ellas? ¿Quién o qué se esconde debajo cada una de ellas? ¿Sabremos reconocernos? ¿Tenemos el valor de afrontar el miedo que nos hace descubrirnos?

¿Quién no ha sentido en algún momento que, interpretando, jugando, por unos instantes un papel de un personaje de ficción, estaba más cerca de poder expresar su versión original y conectaba con su esencia o voluntad?

¿Quién nos obliga a llevarlas? ¿De qué virus contagioso nos estamos protegiendo? ¿Qué tal si por un momento dejamos de escondernos y de querer armonizarnos para permitirnos respirar imperfect@s?, como auténticos seres que intentan encontrar, hacer y tejer en libertad y desde un acompañamiento real a la verdad de quiénes somos. En contacto con nuestros límites, necesidades y anhelos.

Ojalá llegue el día en que las únicas máscaras que utilicemos sean sólo para temas de prevención y salud o para divertirnos en carnaval.

La pandemia aún no sabemos cuánto durará, ni si vendrán otras. Pero hay unas cuantas máscaras voluntarias y gratuitas que nos molestan que quizá ha llegado el momento de guardarlas o, mejor aún, tirarlas. Seguramente, cuando lo hagamos, respiraremos y nos relacionaremos mucho mejor con l@s demás y con lo que queremos, aunque sigamos teniendo dudas, defectos y sigamos llevando mascarilla.




Un artículo de Jordi Muñoz,
coach, recreador personal y musicoterapeuta,
fundador y co-director de El despertador



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