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Dime cuánto amas y te diré cuánto vales…

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Ocurre muchas veces en la vida. Nos ilusionamos mucho por algo y corremos el riesgo de que después no se dé o no suceda aquello esperado. Volcamos mucha energía, soñamos y visualizamos ese trabajo, esa relación, ese viaje, ese sueño. Nos proyectamos y viajamos en él durante mucho tiempo, invirtiendo tiempo, energía, dedicación. Y finalmente no se da. Y, por supuesto, duele.

 

Seguramente todas las personas hemos conocido en algún momento esta sensación. Es común. ¿Qué marca entonces la diferencia? ¿Es mejor dejar de ilusionarnos, de proyectarnos, de perseguir lo que anhelamos para entonces no sufrir?


Dicen que el dolor es inevitable y el sufrimiento es opcional.
Inevitable el dolor, porque no podemos controlar nuestro entorno


Ahí está precisamente el peligro: el conformismo y la apatía en la que entramos cuando entregamos la cuchara de nuestras vidas, cuando nos negamos y nos compramos una versión muy limitada de lo que podemos ofrecer, por miedo a no poder encajar los golpes. Ahí somos nosotr@s mism@s quienes nos suspendemos o rechazamos no sólo para esa ocasión sino para muchas otras futuras ofertas o posibilidades. La primera entrevista, la primera cita es conmigo. Y algo necesario y honesto que me puede ayudar será preguntarme: ¿Cuánto estoy dispuest@ a dar de mí para conseguir lo que sueño?

No podemos controlar las expectativas o necesidades de las demás personas o empresas. Ni tampoco nuestra competencia. Que no nos elijan no quiere decir que no valgamos. Puede que nuestro perfil o momento no coincida con el perfil o momento que buscan l@s demás. Puede que existan otros intereses o contactos que desconocemos. Puede que otras personas encajen más.


“¿Y si el proyecto en el fondo no es más que una excusa
para disfrutar del trayecto?


Y evitable el sufrimiento, porque si nos negamos soñar y perseguir nuestras ilusiones, nos condenamos: ¿Cómo nos levantaremos de la cama? ¿Qué valor nos estamos dando? ¿La vida no se trata de esto? Porque en el fondo, ¿qué es lo que nos alimenta? ¿Sólo conseguir las pantallas que anhelamos superar, o todo el recorrido: aprendizajes, formación y experiencias que vivimos en el transcurso de cada pantalla? ¿Y si el proyecto en el fondo no es más que una excusa para disfrutar del trayecto?

Por ejemplo: los trabajos puente son útiles pero insuficientes. Útiles, porque nos distraen, liberan del estrés o el agobio de la necesidad inmediata de cubrir vacíos en nuestros estratos de supervivencia (la famosa pirámide de Maslow). Insuficientes, porque no colman nuestras expectativas. Porque quedándonos sólo en lo material, negándonos el sueño, por mucho que rebajemos nuestras expectativas, si nos autoengañamos nos perdemos. Como decía Kierkegaard: “Arriesgarse es perderse momentáneamente, dejar de arriesgarse es perderse para siempre”.

La gestión de las expectativas sí que es algo que depende de nosotr@s. Si otorgamos todo el poder, o sólo una parte, a nuestro entorno. Por supuesto, la tristeza por no conseguir en ese momento algo que anhelamos está ahí, y es necesario “llorarla” porque en el llanto o dolor está el amor, el valor de la entrega que pusimos. Pero si nos quedamos sólo en eso, enseguida viene “el patito feo”, esa versión victimista del nadie me quiere. Y a la decepción le vienen enseguida sumadas la frustración y la impotencia.

La parte de poder que nos ayudará a gestionar las expectativas desde la abundancia y no desde la carencia es acordarnos que estamos viv@s, que estamos en el mercado de la vida, del amor, del trabajo. Y si estamos tan cerca de que dependa tanto nuestra felicidad de un sí o un no, es que estamos muy cercanos a nuestro sueño, compitiendo por el trofeo máximo. Quiere decir que ya sólo dependerá de nosotr@s hacer bueno el refrán ese manido de “quien la sigue la consigue”.

Porque, y a las pruebas nos remitimos, en todos estos mercados siempre hay una segunda, tercera, cuarta y todas las oportunidades que quieras. Pero sólo con una condición: seguir jugando. No rendirse, levantarse. Esa resiliencia tan necesaria. Una competencia que aprovecha la rabia y la tristeza para, una vez digeridas, levantarse con más fuerza, más determinación, nutriéndose de los aprendizajes vividos en esa oportunidad, para ofrecer una mejor versión en la siguiente.


“Los proyectos no son buenos ni malos,
los hacemos buenos o malos
 en función
de cuánto los amamos


Por otro lado, es mentira (y si no es que algo no carbura), que nuestra felicidad dependa sólo de ese sí o de ese no. Habría que revisar en qué cuento de hadas nos hemos montado antes de que la ilusión se convirtiera en ilusoria. Rebobinar la cinta y revisar qué otros elementos importantes, que formaban parte de nuestro cuento, podemos retomar. Abriendo el foco de la determinación.

Nadie nos puede garantizar que nos elijan, pero sí podemos garantizar elegir seguir jugando, apostando, creciendo y, sobre todo, viviendo la vida desde la ilusión. En nuestra partida de “Black Jack” particular podemos decidir siempre cuándo plantarnos… Pero seamos conscientes de ello, que somos nosotr@s quienes decidimos en algún momento, por el motivo que sea, hacerlo.

Los proyectos no son buenos ni malos, los hacemos buenos o malos en función de cuánto los amamos, cuánto luchamos y cuántas veces nos levantamos por ellos. En función de ello tendremos más o menos cartas en la baraja, boletos en la lotería, opciones creativas para seguir mejorando nuestra posibilidad de conseguirlo.

Y tú, ¿cuánto amas esto que estás soñando ahora?

 

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Un artículo de Jordi Muñoz,
coach, recreador personal y musicoterapeuta,
fundador i co-director de El despertador

 


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