Cada semana aparece una nueva aplicación de Inteligencia Artificial (IA). Y, casi cada semana, alguien se hace la misma pregunta: «¿Cuál debo aprender ahora? ¿Cuál es la mejor?». Quizás la cuestión no es cuál es la herramienta de IA más adecuada, sino qué habilidades necesitaremos en un mundo donde la IA, o su utilidad, formará parte de casi todo.
En la formación ‘¿Cómo me puede ayudar la IA en la gestión de mi día a día?’ que hacemos en Barcelona Activa y versiones similares en otros espacios, suele ocurrir algo que sorprende al grupo de participantes. Al finalizar, sienten que el curso les ha resultado de utilidad, aunque no han utilizado ninguna aplicación de IA. Puede parecer una contradicción, pero para nosotros es precisamente lo contrario: es una declaración de intenciones. Antes de dominar una herramienta, necesitamos entender lo que queremos hacer con ella, qué necesidades tenemos y qué criterio guiará nuestras decisiones.
En El despertador nos interesa precisamente eso: preparar a las personas para apropiarse de los diferentes recursos (como puede ser cualquier tecnología que aparezca) desde su criterio y sentido. Por eso seguimos haciendo lo mismo que hace más de quince años: acompañarlas a desarrollar el pensamiento crítico, el autoconocimiento, la capacidad de decisión, la adaptabilidad, y conectar con el sentido y el propósito. No trabajamos con la IA; trabajamos con personas que conviven con la IA.
Porque no estamos sólo ante un cambio de herramientas, sino un cambio de contexto. A menudo se presenta la IA como una nueva aplicación que es necesario aprender a utilizar. Pero la realidad es mucho más profunda: la IA no es otra herramienta, sino una nueva etapa de la digitalización. En poco tiempo, estará tan integrada en los programas que utilizamos cada día que ni la distinguiremos. Al igual que en su momento Internet cambió la forma de comunicarnos y encontrar información, o los “smartphones” la forma de relacionarnos con el mundo, la IA está cambiando la forma de pensar, trabajar, crear y tomar decisiones.
El reto es adaptarnos sin adoptar una mirada tecnofóbica ni convertirnos en “tecnobabos”. Buscamos el camino de en medio: entender el potencial de la tecnología sin renunciar a mirarla con criterio.
No estamos sólo ante un cambio de herramientas, sino un cambio de contexto.
Cuando se habla del futuro de la IA se suele hablar de algoritmos, datos o generar nuevos modelos. Pero lo realmente determinante es nuestra capacidad de adaptación, ya que los cambios serán continuos. Hoy, la IA ya contribuye a acelerar procesos de investigación, desarrollo y programación, reduciendo el tiempo necesario para convertir algunas ideas en realidades. Esto acorta los ciclos de innovación y hace que adaptarnos a ellos deje de ser un esfuerzo puntual para convertirse en una competencia permanente. Asimismo, facilita que personas con buenas ideas, pero sin determinados conocimientos técnicos, puedan empezar a llevarlas a cabo.
Y esto nos obliga a desarrollar una competencia que a menudo pasa desapercibida: la capacidad de aprender, desaprender y volver a aprender. La resistencia al cambio no es un defecto; es un mecanismo natural. El problema aparece cuando las innovaciones tecnológicas son más rápidas que nuestra capacidad de adaptación.
Esta velocidad también genera cansancio: la sensación de que nunca acabamos de llegar, porque cuando finalmente aprendemos una herramienta ya ha aparecido otra. Por eso, uno de los grandes desafíos será aprender a convivir mejor con la incertidumbre y con lo que ahora llamamos entorno BAÑO ((siglas en inglés de frágil, ansioso, no lineal e incomprensible) —hasta que le vuelvan a cambiar el nombre.
Y cuanto más respuestas sea capaz de generar la tecnología, más importante será nuestro criterio. La IA no puede pensar por nosotros. Es extraordinariamente buena generando respuestas, pero eso no significa que piense, tenga sentido crítico, entienda el contexto o que asuma responsabilidades. Precisamente por eso, cuanto más potente sea la tecnología, más valiosas serán las competencias que nos hacen más humanos.
Necesitaremos personas capaces de verificar la información, detectar errores y sesgos, formular buenas preguntas, interpretar contextos, crear y tomar decisiones. La IA puede ayudarnos a producir, pero sigue siendo nuestra responsabilidad decidir qué vale la pena producir.
También corremos un riesgo evidente: acabar adaptándonos nosotros a las herramientas. Escribir para que la IA nos entienda, pensar en función de lo que una plataforma es capaz de generar o modificar nuestra forma de trabajar para que encaje con la tecnología. Cuando debería ser justo al revés. La tecnología debe estar al servicio de nuestros objetivos, de nuestros valores y de nuestro propósito. Cuando es la persona quien marca el rumbo, la IA multiplica sus posibilidades. Por el contrario, corre el riesgo de ir muy rápido, pero sin dirección, es decir, sin el criterio que antes mencionábamos.
Cuantas más respuestas sea capaz de generar la tecnología, mayor será nuestro criterio, y más valiosas las competencias que nos hacen más humanos.
Acompañar a las personas a desarrollar el pensamiento crítico y no sólo a encontrar respuestas es un cambio enorme para la escuela, la universidad y también para la orientación profesional y vocacional. Muchas actividades que hasta ahora servían para demostrar que el alumnado había integrado los aprendizajes y conocimientos, hoy pueden ser resueltas en segundos por una IA.
La consecuencia no es prohibir la tecnología, sino repensar lo que significa aprender. Quizás ya no tiene sentido pedir sólo un resumen; tiene mucho más sentido pedir que se comparen fuentes, que se justifique una opinión, que se detecten contradicciones o que se construya un punto de vista propio. En definitiva, menos reproducción y más pensamiento.
Pero esta transformación también nos plantea otra pregunta: ¿qué haremos con el tiempo que ganemos? Hace unos años memorizábamos números de teléfono. Hoy casi nadie lo hace. También estamos dejando de escribir algunos correos o resumir manualmente determinados documentos. La cuestión, ahora no es si esto es bueno o malo. Es lo que hacemos nosotros con el tiempo y la capacidad mental que ya estamos liberando.
La IA promete hacernos más eficientes, pero la eficiencia no es un objetivo en sí mismo. La pregunta realmente interesante es si aprovecharemos ese tiempo para producir aún más o para pensar mejor, decidir mejor, cuidar mejor las relaciones y dedicar más espacio a lo que nos aporta sentido.
La discusión sobre la IA tampoco es sólo tecnológica también es ética. Es un debate sobre los datos, la privacidad, los sesgos, la responsabilidad y sobre todo sobre qué modelo de sociedad queremos construir. Por eso es tan importante educar en una IA responsable, desarrollando la autonomía, el pensamiento crítico, la responsabilidad y la convivencia democrática. Necesitamos una mirada madura que nos permita aprovechar el potencial de la tecnología sin renunciar al propio criterio.
En el fondo, la inteligencia que no podemos delegar es la que nos permite orientarnos, dar sentido a lo que hacemos y decidir cómo queremos vivir. Desde El despertador acostumbramos a decir que no trabajamos para que las personas encuentren respuestas, sino para que aprendan a hacerse mejores preguntas. La IA refuerza esa mirada.
Si una máquina es cada vez más capaz de ofrecernos respuestas, será aún más valioso saber formular preguntas —preguntas despertadoras—, discernir, tomar decisiones y actuar con responsabilidad. Quizá por eso, hoy más que nunca, nuestro trabajo sigue siendo despertar a personas para que se escuchen. conecten con el sentido y confíen en su criterio.
Las herramientas evolucionarán, los nombres de las aplicaciones cambiarán y las interfaces también. Lo que seguirá marcando la diferencia será la persona que está detrás. Porque una IA puede ayudarnos a responder a muchas preguntas, pero no puede responder a las que realmente orientan una vida; ¿Quién soy? ¿Qué me importa? ¿Qué impacto quiero tener? ¿Cómo quiero vivir? ¿Qué tipo de persona quiero llegar a ser? Estas preguntas no tienen una respuesta correcta ni una respuesta. Se construyen viviendo, reflexionando, equivocándonos y volviendo a empezar.
En un mundo con cada vez más respuestas disponibles, la diferencia la marcará nuestra capacidad de decidir qué preguntas vale la pena hacernos. Y esa capacidad sigue siendo exclusivamente humana.
Un artículo de Jordi Esqué i Forés, responsable de Orientación de El despertador.
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