castellano

Mi abuelita decía que silbar no era de señoritas

CAT

Ahora podemos hacer el mundo
en que nacerá y crecerá
 la semilla
que trajimos con nosotros.

Gioconda Belli

 

Cuando era pequeña mi abuelita me dijo que silbar no era de señoritas. Lo que pudieran pensar los demás -¿y qué podían pensar? – tenía más peso que alegrarse porque su nieta estaba contenta y lo demostraba silbando canciones.

La distancia de dos generaciones nos unía y nos separaba. Un salto abismal entre su entorno rural de los Monegros y mi entorno urbano barcelonés. Un desierto lleno de represión contra una jungla gris de progreso. Un desierto de silencio y estrictas convenciones contra una jungla de anonimato y sordera. ¿Dónde está la diferencia?


“Las mujeres de mi vida.
De ellas heredo la responsabilidad.
De mi raíz nace el compromiso.


Este episodio puede parecer anecdótico y, incluso, tierno pero es más triste de lo que parece a primera vista. Pienso en los códigos y normas en los que vivió mi abuela (y por extensión mi madre y mis tías). La recuerdo vestida de negro. La mirada gris. Triste. Callaba un mundo. Y me siento en deuda con ella, y las mujeres como ella, que no pudieron ser -ni siquiera saber quiénes eran- porque el hambre apretaba por todos lados, como apretaron la guerra, la dictadura y la posguerra.

En el camino de dos generaciones de mujeres (somos una familia de muchas mujeres) hemos tenido que desaprender y desencorsetarnos para reconocernos en la autenticidad. El amor me une a todas ellas, más allá de distancia y épocas. En este proceso de conquista agradezco a todas las mujeres de mi familia que vivieron antes que yo y que me han permitido ser quien soy hoy y ahora. Agradezco, también, a las mujeres que me acompañan en el presente, y las invito a seguir conquistando nuestro ser y a estar muy satisfechas.

Las mujeres de mi vida. De ellas heredo la responsabilidad. De mi raíz nace el compromiso.

Con una sonrisa en los labios y los ojos anegados, me pregunto qué otras cosas no debe poder hacer una señorita, o no son propias de ellas … No le pregunté nunca a mi abuela, tal vez porque nunca me sentí una señorita. Y nunca dejé de silbar.

 

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Un artículo de Elisabet Alguacil,
comunicadora multimedia

 

 

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