Crónica del proceso de acompañamiento en el equipo de una organización
Muchos equipos comienzan los procesos de acompañamiento cansados, con tensiones acumuladas, cambios recientes, relaciones desgastadas y una sensación compartida, a menudo silenciosa, de que «eso no será fácil».
Éste era el punto de partida de un equipo formado mayoritariamente por perfiles operativos, inmerso en un contexto de renovación de personal, mucha presión del día a día y dificultades de comunicación. Un equipo con experiencia, pero también con heridas abiertas, un tejido relacional erosionado y cierta desconfianza hacia cualquier propuesta que sonara a cambio.
Las tensiones no solían expresarse de forma abierta, pero se hacían presentes en los comentarios de pasillo, en malas caras, en reuniones que acababan centrándose en los problemas y en la creciente sensación de que costaba avanzar juntos.
Y, sin embargo, había una certeza compartida: seguir igual no era una opción.
Aquí es donde empezó realmente nuestro acompañamiento. No desde la teoría ni desde recetas mágicas. Desde la realidad del día a día, nada plácida, de un equipo que necesitaba detenerse, mirarse y entender qué le estaba pasando.
Se trataba de crear espacios para que las personas pudieran poner palabras a lo que estaba ocurriendo en primera persona. No tanto por buscar culpables o encontrar respuestas inmediatas, sino por comprender mejor qué había detrás de determinadas actitudes, reacciones y conflictos que se habían ido normalizando con el tiempo. Todo ello dentro de un marco muy claro: respeto, seguridad y ausencia de juicio. Y eso, por supuesto, no siempre fue fácil.
Poco a poco empezaron a aparecer conversaciones que hacía tiempo que no tenían lugar. Conversaciones sobre cómo nos sentimos cuando no nos escuchamos, sobre qué ocurre cuando las tensiones se acumulan y nadie las aborda, o sobre cómo determinadas dinámicas, aunque nadie las desee, acaban afectando a la confianza, la colaboración y, en consecuencia, el trabajo del día a día.
Evidentemente, la mayoría de ellas no fueron conversaciones cómodas. Pero precisamente por eso resultaron tan valiosas.
Cuando el equipo se ve reflejado
Los cambios no llegan en forma de grandes titulares, sino que van apareciendo en pequeños gestos cotidianos.
Algunas de las dinámicas que generamos permitieron hacer visible lo que a menudo queda escondido pero que acaba configurando el clima del departamento:
- la tendencia a «ir cada uno a la suya»,
- los liderazgos formales e informales,
- la diferencia entre responsabilidad y culpa,
- la dificultad de cooperar en medio de los silencios,
- la necesidad de ofrecer antes que exigir.
El momento en que el equipo se reconoce en lo que está pasando es delicado, pero también es el momento en el que puede empezar a cambiar. El grupo mostró algo fundamental: predisposición. Predisposición a revisar, a escuchar, a reconocer errores, a asumir que el clima no depende sólo «de los demás» o «de arriba», sino de las relaciones que se construyen día a día. El compromiso no aparece solo. Se teje. Y la implicación no es un punto de partida, es un resultado de todo ese proceso.
Los cambios no llegaron en forma de grandes titulares. Aparecieron en pequeños gestos cotidianos que, sumados, han ido transformando las dinámicas del equipo.
Poco a poco, el grupo fue estableciendo nuevos acuerdos y nuevas formas de relacionarse, acciones posibles, realistas y compromisos compartidos. Como por ejemplo: mejorar los espacios de comunicación, cuidar las nuevas incorporaciones, reconocer el trabajo realizado, ordenar mejor los roles y mantener conversaciones más claras y directas… Pequeños pasos sostenibles.
Cada persona podía revisar su propio papel dentro del sistema con el soporte y la confidencialidad necesarios. Este trabajo personalizado marcó la diferencia.
El papel clave del liderazgo y el acompañamiento
A medida que el equipo avanzaba en la comprensión de sus dinámicas y en la construcción de nuevos acuerdos, apareció una cuestión que a menudo es determinante en cualquier proceso de cambio: el papel del liderazgo.
Cuando el contexto es exigente y las tensiones se acumulan, las personas necesitan referentes claros, coherencia y espacios en los que sentirse escuchadas. Por eso, uno de los elementos decisivos del proceso fue el trabajo con los roles de responsabilidad.
El acompañamiento puso especial atención a:
- reforzar el rol formal
- sostenerlo con criterio y coherencia,
- y facilitar herramientas para que el liderazgo pudiera convertirse en un punto de apoyo y no una fuente de tensión.
Resultados visibles, aunque el contexto siga siendo complejo
El contexto no cambió. El trabajo seguía siendo exigente, los protocolos seguían siendo los mismos y la presión del servicio no desapareció.
Lo que sí cambió fue la forma de vivirlo y de estar.
Cuando se cuidan los vínculos, los equipos responden
Los equipos no se transforman para que desaparezcan las dificultades. Se transforman cuando encuentran formas diferentes de afrontarlas.
Este proceso nos recuerda que, incluso en contextos exigentes, con presión, cansancio acumulado y relaciones tensionadas, las personas siguen teniendo una enorme capacidad para reconstruir vínculos, recuperar la confianza y volver a remar en una misma dirección.
Y a menudo, el primer paso no es un gran cambio. Es simplemente encontrar el espacio y el tiempo para tener las conversaciones que llevan demasiado tiempo pendientes.
Si en tu equipo hay conversaciones que hace tiempo que se evitan, tensiones acumuladas que todo el mundo percibe pero que nadie acaba de abordar... Como has visto el primer paso para transformar el clima no es realizar grandes cambios, sino crear el espacio para que estas conversaciones tengan lugar y la comunicación afectiva y efectiva aparezca de verdad.
Si necesitáis acompañamiento para dar estos pasos, estaremos encantadas de apoyaros.
Un artículo de Maricel Ruiz Munné, coordinadora del área de Organizaciones de El depertador.
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Webinar: La crianza respetuosa como oportunidad de crecimiento personal. Amb Elisenda Pascual, experta en criança respectuosa.