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El compañero que siempre llega primero

Aquella mañana llegó veinte minutos antes.

No porque fuera especialmente puntual. Ya llevaba años dando formaciones, conferencias y talleres. Sabía perfectamente cómo funcionaba todo: probar el proyector, comprobar el sonido, saludar a las primeras personas que llegaban, respirar hondo antes de empezar.

Dejó la mochila sobre la mesa, encendió el ordenador y miró la sala aún vacía.

—Hoy habrá gente muy preparada… —dijo una voz detrás de él.

Sonrió sin girarse.

—Buenos días.

—Buenos días.

El hombre que acababa de llegar llevaba un café en la mano y caminaba con esa confianza de quien parece conocerlo de toda la vida.

—¿Preparado?

—Bastante.

—¿Bastante?

Se rió.

—Nunca del todo.

El otro dio un sorbo de café.

—¿Y si te preguntan algo que no sabes?

Él tardó unos segundos en responder.

—Pues les diré que no lo sé.

—¿Tan tranquilo?

—Sí.

—Antes no lo hacías.

—Ya…

Miró la sala.

—Antes pensaba que un formador debía saberlo todo.

Hizo una pausa.

—Ahora creo que lo que necesita saber es dónde buscar, con quién pensar y tener la humildad de reconocer cuando no tiene una respuesta.

El hombre asintió, todavía poco convencido.

—¿Y si pierdes el control del grupo?

Él sonrió. 

—Entonces dejaré de querer controlarlo. 

—No puedes improvisar siempre. 

—No. 

—¿Entonces? 

—Confiaré más en las personas que en mi guion. 

El otro no respondió. 

Entraron las primeras personas participantes de la formación. 

La conversación quedó suspendida. 

La formación había comenzado. 

Las personas del grupo hablaban entre ellos en una dinámica inicial. 

Él caminaba entre las mesas escuchando conversaciones. 

El hombre volvió a aparecer a su lado. 

—Ese chico no participa. 

Él lo miró de reojo.

—Ya lo veo.

—¿No deberías hacer algo?

—Quizá todavía no.

—¿Y si termina toda la sesión sin hablar?

Observó al chico. Tenía los brazos cruzados. Miraba. Escuchaba. Tomaba notas.

—Participar no siempre es hablar.

El otro arrugó la nariz.

—Pero tú quieres que todos participen.

—No.

—¿No?

—Quiero que todos tengan la oportunidad de participar.

Es diferente.

Siguieron caminando.

Al cabo de un rato, una participante discreparía de una idea que acababa de explicar.

El hombre sonrió ligeramente.

—¿Ves?

—¿Qué?

—No te has explicado suficientemente bien.

Él respiró antes de responder.

—O quizá simplemente piensa diferente.

—¿No te molesta?

—No.

Miró a la participante.

—Si todos me dieran la razón, quizá nadie estaría pensando.

La otra persona guardó silencio.

Durante la pausa del café:

—¿Has visto a esa señora?

—¿Cuál?

—La de la tercera fila.

—Sí. 

—No parece muy convencida.

—Puede ser.

—¿Y si no le gusta la formación?

Él dio un sorbo de café.

—No todas las formaciones son para todo el mundo.

—Pero te gustaría gustarle a todo el mundo.

Él sonrió.

—Claro.

—¿Y?

—Y es imposible.

El hombre lo miraba fijamente.

—Hay personas que conectarán conmigo. Habrá otras que no. No pasa nada. No todos los libros son para todos los lectores y lectoras. Ni todas las canciones emocionan a las mismas personas.

—Pero si no les gustas…

—No pasa nada. Lo importante es que salgan con alguna pregunta nueva. No necesito aparecer yo en sus fotografías mentales.

La mañana avanzaba.

Había un ejercicio especialmente intenso. Los participantes trabajaban en silencio.

El hombre volvió.

—¿Todo esto les cambiará?

Él dejó escapar una risa.

—No.

—¿No?

—No.

—Entonces, ¿qué sentido tiene?

Miró la sala.

Algunos escribían. Otros hablaban. Una participante se había emocionado. Dos compañeros discutían una idea.

—Hace años pensaba que tenía que transformar la vida de todos. Ahora solo espero dejar una semilla. No todas germinan el mismo día. Algunas necesitan meses. Otras, años. Y algunas nunca germinarán. Y también está bien.

El hombre bajó la mirada. Cuando faltaba poco para terminar…

—¿No crees que todo lo que explicas debería ser útil?

Él rió.

—Esto aún me cuesta.

—Lo sabía.

—Porque confundía utilidad con inmediatez.

—¿Cómo?

—Hay ideas que hoy no sirven para nada. Pero dentro de cinco años te salvan una decisión. ¿Cómo valoras esa utilidad?

El hombre quedó pensativo.

La sesión terminó entre conversaciones, agradecimientos y despedidas.

Una persona le dio las gracias. Otra le dijo que había salido con más preguntas que respuestas. Una tercera le contó que había una frase que no podría dejar de pensar.

Cuando la sala quedó vacía, empezó a recoger.

El hombre seguía sentado en la primera fila.

—No has sido muy original.

Él estalló a reír.

—Seguramente no. 

—Has contado historias que ya habías contado.

—Sí.

—¿Y algunos chistes también?

—También.

—¿Y?

Cerró el ordenador.

—Antes quería inventar cosas nuevas cada vez. Ahora prefiero contar mejor las importantes. La novedad impresiona. La autenticidad conecta.

El hombre sonrió. Hacía un rato que parecía más joven.

Caminaron juntos hasta el baño.

—Todavía tienes muchas cosas que mejorar.

—Sí.

—¿Y eso no te hace sentir un fraude?

Negó con la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

—Porque he dejado de pensar que mejorar significa que había algo malo. Ahora solo significa que sigo aprendiendo.

El otro lo miraba en silencio. Ya no le llegaba al hombro.

—Pero tú siempre has sido así. Siempre analizando. Siempre dudando. Siempre preparándolo todo. Siempre…

Él lo interrumpió con una sonrisa.

—No. No soy eso. Eso son comportamientos. No mi identidad. Yo no soy “el que siempre debe saber”. Ni “el que siempre gusta”. Ni “el que siempre transforma”. Solo soy una persona que intenta acompañar a otras personas lo mejor que puede hoy. Mañana lo haré un poco mejor. Y pasado mañana también.

Entraron al baño.

Él se lavó las manos. Levantó la cabeza. Miró el espejo. Solo había una persona.

Giró la cabeza. El otro ya no era un hombre. Era un niño de unos seis o siete años. Los ojos eran los mismos. Solo había cambiado el tamaño.

El niño sonreía con una mezcla de timidez y orgullo.

—Hoy he sido menos pesado, ¿verdad?

Él se rió.

—Un poco menos.

—Pero volveré.

—Ya lo sé.

—Cada vez que hagas una formación. Cada vez que hables delante de un grupo. Cada vez que alguien te haga una pregunta difícil. Cada vez que tengas la sensación de que no es suficiente. Cada vez que quieras agradar a todo el mundo. Cada vez que pienses que tienes que ser perfecto.

Él se agachó hasta quedar a su altura.

—Ya lo sé.

El niño bajó la mirada.

—No te enfades conmigo. Solo intento protegerte.

Sintió un nudo en la garganta.

Le puso una mano en el hombro.

—Lo sé. Y gracias. Durante muchos años has hecho exactamente eso. Has intentado protegerme. Aunque, a veces, me apretabas demasiado la mano.

El niño levantó la cabeza.

—¿Y ahora?

Él sonrió.

—Ahora sigue viniendo. No dejes de hacerlo. Recuérdame que lo que hago es importante. Recuérdame que aún puedo aprender. Recuérdame que soy humano. Pero déjame conducir a mí.

El niño asintió. Empezó a alejarse. Antes de salir por la puerta se giró una última vez.

—Hasta la próxima formación.

Él hizo un pequeño gesto con la mano.

—Hasta la próxima.

Cuando la puerta se cerró, volvió a mirarse en el espejo. Por primera vez en mucho tiempo, no vio a alguien que tuviera que demostrar nada. Solo a una persona dispuesta a seguir aprendiendo. Con sus luces. Con sus sombras. Con sus dudas.

Y con aquel pequeño compañero que, de vez en cuando, aún llegaría antes que él. Pero que ya nunca volvería a entrar primero.

 

Un artículo de Jordi Esqué, responsable del área de Orientació de El despertador.

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