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El arte de acompañar

“No creo que cada uno tenga su propio lugar, creo que cada uno es un lugar para los otros”

Daniel Faria, poeta y monje portugués

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Acompañar es intrínseco a nuestra esencia. Como decía Aristóteles, el ser humano, como zoon politikon (animal político) que es, tiende por naturaleza a socializarse e interrelacionarse. Nacemos del vientre de la madre y crecemos en distintos entornos (familiares, educativos, sociales, político-económicos) que condicionan nuestro desarrollo personal, relacional, cultural. Interactuamos, y en esta interacción impactamos, en mayor o menor medida, en l@s demás. Nos vinculamos, nos influenciamos, de una manera u otra. Es un hecho.

Como es otro hecho que viajamos todos los días con nuestra mochila de experiencias, emociones y condicionantes, ante los nuevos desafíos a los que nos enfrentamos. A diario gestionamos la complejidad de estos retos, pero también la complejidad de acompañar en el desempeño de las personas con las que compartimos trayectos diversos.

Hoy quiero conversar contigo de ello. De este segundo reto, tan natural e integrado en nuestra naturaleza como complejo y frágil. Quiero invitarte a viajar por algunos vericuetos de cómo acompañamos.

Miro el diccionario etimológico y dice que acompañar es compartir tiempo y espacio con alguien más. Me queda resonando la palabra compartir. Qué importante y cuán necesario es compartir, ¿verdad? ¡Para tantas cosas!: hacer más llevadero el trayecto de la soledad, aprender y nutrirnos de otras miradas, descargar mochilas de todo tipo, pedir ayuda, inspirarnos, confiarnos, desafiarnos, cobijarnos, amarnos…

Infinitos compartires que nos hablan de tantos acompañamientos. Los que recibimos. Otros que anhelamos. Algunos que hasta rechazamos. Y, cómo no, los que ofrecemos y realizamos.

Empecé este escrito repasando mentalmente los años y la trayectoria que llevo acompañando profesionalmente a otras personas, y me surgía la pregunta: ¿Cuándo empezó?. ¿En qué momento inicié mi aprendizaje en el arte de acompañar? Y me he dado cuenta de que todo empieza en el mismo nacimiento. Llevo aprendiendo toda mi vida.

Reproduciendo por mímesis modelos inconscientemente en los primeros compases. Después, en mi adolescencia, discutiéndolos más conscientemente mientras incorporaba y contrastaba con nuevas referencias. Y, al final, incluso cuando decidí que mis derroteros vocacionales irían por estos rumbos, preguntándome y formándome más a consciencia en cómo acompañar.

Y la conclusión a la que he llegado es que, igual que convendríamos que no es lo mismo hablar (unilateral) que conversar (bilateral) -porque para que haya conversación es necesario una ida y vuelta- en cualquier esfera de la vida, de forma más personal o profesional, sólo efectivamente acompañamos cuando nos acompañamos a nosotr@s. Cuando atendemos nuestro pensar, nuestro sentir, nuestro estar, podemos estar presentes, y desde ahí sostener, abrazar al otro en la realidad de su momento y su proceso, en su vulnerabilidad. Para que entonces sí encuentre un espacio y un vínculo seguro y confiable, un lugar donde recostarse y sentirse que puede compartir realmente en compañía.

¿Para qué acompaño?

Acompañándome para acompañar

Para que todo ello suceda, siguiendo en la línea de acompañamiento, me parece más oportuno que dar respuestas o recetas, plantearnos algunas preguntas que nos permitan explorar horizontes de posibilidad. ¿Me acompañas?…

  1. ¿Te acompaño para agradarte o para estar contigo?
    ¿Estoy aquí para que me reconozcas o para acompañarte?
    En su momento, en otro artículo (Más allá del Ego y sus espejos), reflexionaba sobre el peso que tiene el ego en nuestro relacionarnos. Nuestra mente está operando siempre y el ego tiene la misión de protegernos y de buscar la aceptación de nuestro alrededor. Estas preguntas me ayudan a tomar consciencia de su efecto y de su mecanismo, para así poder visibilizar todas las interferencias que tengo mientras acompaño. Porque mientras estoy conMIgo no estoy conTIgo. Mientras me miro en tu espejo, me pierdo en tu reflejo y me olvido de ti.
    Reconocerlo es el primer paso para disolver el ego. Los Jesuitas hablaban del “descentramiento” necesario para poner en el centro y conectar realmente con el verdadero propósito: acompañar. 
    Romper el espejo para verte, sentirte y ofrecerte mi mano de verdad.

  1. ¿Estoy para que me entiendas o para comprenderte y contenerte?
    Y en este juego de reflejos cuando me confundo contigo te traspaso o transfiero mis cargas -miedos, creencias, carencias- y, con ellas, la necesidad de resolverlas, eliminarlas. De ahí que me implique e invada territorios vedados y procesos personales e intransferibles. El respeto empieza a desvanecerse. Las opiniones se convierten en consejos y estos, a su vez, derivan en exigencias explícitas o implícitas que acaban arrinconando tu realidad, tu sentir, tu momento para que realmente casi lo único que importe sea que entiendas mi mensaje y hagas lo que te diga. 
    Evidentemente el riesgo de sobreimplicación, aunque sea por protección o anticipación, se multiplica exponencialmente cuanto más estrecho es el vínculo o más nos afecta emocionalmente. 
    Cuando nos implicamos a este nivel establecemos una relación de poder y transacción en la que la otra persona, que nos confiaba su fragilidad, ahora tiene también que gestionar nuestro esfuerzo. En este sentido, tomar consciencia que tenemos mapas de creencias diferentes, singulares y no universales (conformados por trayectos y contextos socioculturales diferentes) y también del lugar de poder o privilegio que tengo cuando confías en mí me puede ayudar a que pueda implicarme en tu universo de forma más neutra y saludable.
    Sin forzar puedo verte, sentirte y ofrecerte mi mano de verdad.

  1. ¿Estoy para darte soluciones o para ayudarte a que las encuentres?
    Un forzar que va con prisa, que no entiende de dudas, ni de tempos, ni de procesos, ni de digestiones. ¡Te exhorta para que respondas ya! ¿Has entendido?
    ¿Y dónde queda el espacio para respirar cuando te sigo exigiendo este ritmo que no es el tuyo? ¿Qué tiene más valor, la resolución o el camino de aprendizajes que hacemos hasta encauzarlo?
    Si sé que tu vida, tu forma de sentir, de funcionar y de pensar son diferentes que la mía, ¿cómo realmente puedo pretender que lo que a mi me funciona para ti será igual? Puede ser que te ayude, pero necesitarás un tiempo para integrarlo en tu realidad. ¿Estoy dispuesto a sostener también tus tiempos?
    ¿Con cuánto tiempo de calidad te acompaño? ¿Con cuánta paciencia y confianza?
    Sin prisas puedo verte, sentirte y ofrecerte mi mano de verdad.

  2. ¿Estoy aquí para mí o para ti?
    En definitiva, vaciarme, silenciar mi ruido para llenarme de significado es lo que me permitirá compartir de verdad. Y para ello, es fundamental que haga un drenaje mental y emocional previo. Un trabajo personal que me permitirá revisar mi mochila, liberarme de creencias limitantes, de basuras emocionales, de expectativas, de exigencias o juicios conmigo. Y por consecuencia contigo.
    Vaciándome puedo verte, sentirte y ofrecerte mi mano de verdad. 

     

Cuando el mejor acompañamiento es imperfecto

Porque mientras me cuestiono si soy o no una buena compañía en el ámbito que sea (personal, relacional, familiar o profesional) no te estoy acompañando. Te estoy usando con la función de validarme y no puedo estar ahora y aquí para ti. No es transcendente, es absurdo y contradictorio. Sólo puedo acompañar si me acompaño en eso de ser imperfecto acompañando. Porque cuando desconecto la cabeza y conecto el corazón todo va mejor. Voy viendo y sintiendo, aprendiendo lo que sirve y lo que no. Y la cabeza, siguiendo al corazón y a las ganas de aprender, va encontrando nuevos inputs con los que procesar más pertinentes y útiles.

¿Qué necesito para acompañar?

(Autoconocimiento + Aceptación) x Ganas de Aprender = Empoderamiento

¿Has visto que fórmula me acabo de sacar de la manga? Cuando soy consciente de todo lo que traigo y puedo darle un canal sin que interfiera, cuando acepto mis limitaciones, mis miedos, mis dudas y mis imperfecciones, mi mente se apacigua y puedo conectar con lo que realmente me mueve: el amor por l@s demás. Desde allí todo es más simple, porque puedo aprender de lo que sucede e integro. Desde ahí crezco y hago crecer. Porque, como decíamos antes, como especies que somos en permanente sinergia y simbiosis, nos contagiamos y evolucionamos.

Poniéndome la CAPA para tomar vuelo

Voy terminando y para ello vuelvo al inicio.  El arte de acompañar, el título de esta reflexión coincide con el nombre que tiene un módulo transversal que hacemos en la 2ª parte del máster en Ecología Emocional. Llevamos ya mucho tiempo reflexionando con el equipo pedagógico sobre ello y me apetecía compartirte algunas reflexiones que llevo macerando y que quizás te resuenen en tu acompañamiento.

Precisamente, dentro del modelo creado por Mercè Conangla y Jaume Soler, se alude a la persona CAPA para referirnos a las 4 dimensiones esenciales en el desarrollo propio y en el acompañamiento a las personas. Porque precisamente este modelo versa en que todo lo que pasa adentro en nuestro mundo emocional revierte también afuera (en las demás y en el mundo), en los distintos ecosistemas donde nos relacionamos

Cuando soy CAPA es más fácil que siembre espacios fértiles de crecimiento que permitan la generación de más CAPAs a mi alrededor. Mi CAPA es:

  • Creativa – cuando la energía está enfocada en crear posibilidades.

  • Autónoma – cuando me hago cargo de mi impacto y confío en el poder personal y en el liderazgo de l@s demás.

  • Pacífica – cuando soy capaz de generar un clima comunicativo afectivo que permita la expresión y la conversación significativa.

  • Amorosa – cuando cuido y atiendo la diversidad y la importancia de las relaciones y los vínculos que establezco.

Acompañar desde el ser

Con la CAPA puesta, pero también con la imperfección a cuestas y con el corazón bombeando se activa la escucha y la atención plena. Y desde la presencia puedo mostrarme verdadero, auténtico, conectado, sensible y sensitivo, afectivo, respetuoso, curioso y compañero.

Desde mi ser vulnerable puedo conectar más y mejor contigo, porque puedo dejar de tener que ser para relajarme y simplemente ser y estar contigo, con toda mi humanidad. Se liberan las tensiones para aumentar las atenciones.

No necesitamos nada más que ser y estar para compartir un tiempo y un espacio para vernos, sentirnos y darnos la mano de verdad.

Un artículo de Jordi Muñoz,
coach, recreador personal y musicoterapeuta,
codirector de El despertador  y del Instituto Ecología Emocional España.

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