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El pack indivisible: la mirada rojiverde

Reescribir nuestro dictado interno

Recuerdo los dictados que hacíamos en la escuela cuando era pequeña, cuando la maestra te los devolvía con las faltas marcadas en rojo sobre el texto y, debajo, bien grande, el recuento total rodeado con el mismo color. Por mucho que hubiera puesto toda la atención para hacer un dictado perfecto, siempre caía alguna, aunque sólo fuera una tilde; pero las tildess, a pesar de no ser tan graves, contaban también como falta.

¿Cuántas veces, en nuestra vida, repasamos las acciones que realizamos con el bolígrafo rojo? Un reto nuevo, una conversación, una nueva receta de cocina… La primera pregunta que nos llega de forma reactiva es: «¿Qué podría haber hecho mejor?» o «¿En qué me he equivocado?». El primer bolígrafo que tomamos, a menudo sin darnos cuenta, sigue siendo el rojo. 

Y puede ocurrir que sólo nos quedamos con este color, como en los dictados de la escuela. Más allá del color, la misma palabra «falta» nos conecta con la carencia, con la sensación de que nos falta algo para acabar de sentirnos personas completas y llenas, poniendo la atención en lo que todavía no tenemos.

¿Qué pasaría si, a la hora de revisar un dictado, quien lo corrige también utilizara un bolígrafo verde para marcar todas aquellas palabras difíciles que esta vez hemos escrito bien? ¡La «b» en lugar de la «v», o aquella tilde que sí, que estaba bien colocada! Y hemos acertado. ¿Y si no sólo marcara los errores, sino también los aciertos? Entonces la suma de aciertos ganaría de goleada los errores. 

Si hacemos cómputo de cualquier acción cotidiana, es muy probable que haya más aciertos que errores, pero los primeros los invisibilizamos y los segundos los magnificamos. Sería el caso de hacer toda la receta de cocina bien, pero pasarnos con la sal: nos quedaremos sólo con que el plato no puede comerse y no pondremos en valor todo el proceso, la dedicación y el amor puestos en la elaboración, llegando a la conclusión injusta de: «¡Soy un desastre en la cocina!».

Además, cuando llevamos el bolígrafo rojo en el bolsillo, dispuesto a detectar el mínimo error, lo tenemos tanto para nosotros como para las personas que nos rodean, ya que, en definitiva, es una forma de relacionarnos con nosotros, con los demás y con el mundo. El exterior no deja de ser un reflejo de nuestro interior. Si nuestra voz interna está conectada con la sintonía de la exigencia y la carencia, será con estas gafas que miremos las acciones de nuestro entorno, sin ser conscientes de que las faltas que vemos en el otro a menudo nos hablan de las que no queremos aceptar en nosotros mismas. 

No digo que no sea necesario el bolígrafo rojo, ya que aprendemos mucho de los errores y, para aprender de ellos, el primer paso es ser conscientes de ello. Lo que reivindico es que el bolígrafo rojo no puede ir solo: ¡debe ser un pack indivisible con el verde, una oferta de 2×1! Si no, no somos justas ni con nosotros ni con los demás. Y, ya puestos a ser revolucionarias, reivindico que el primero que debe hablar es el verde!

Empezar celebrando y poniendo en valor nuestros aciertos nos permite cuidarnos, incrementar nuestra confianza y honrar nuestro proceso de aprendizaje. Desde esa mirada amable, es más fácil acoger los errores o, dicho de forma más verde, las «zonas de crecimiento o mejora» que nos muestra el color rojo. Si lo hacemos a la inversa, el rojo lo ocupa todo y, cuando intentamos utilizar el verde, lo que nos muestra puede pasar desapercibido, siendo muy importante y revelador.

Y también hay que hacerlo con los demás, ¡claro que sí! Tanto si está en una conversación como en un pensamiento, ya que nos permite tener una visión más abierta, amorosa y constructiva. 

Desde El despertador empezamos las formaciones celebrando y poniendo en valor nuestras fortalezas; forma parte de nuestra forma de entender el acompañamiento.

Practicar de forma consciente una mirada apreciativa hacia nosotros y hacia los demás nos ayuda a compensar la tendencia automática de nuestro juicio interno. Nos permite dejar de ver las faltas como carencia e imperfección para verlas como caminos para seguir creciendo y aprendiendo, reconociendo y validando todo lo que ya somos y hacemos.

Y tú, cuando revisas tu día a día, ¿qué bolígrafo haces hablar primero?

Un artículo de Anna Soriano Oliver, codirctora de El despertador.

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