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Carta a la autoexigencia

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Apreciada Autoexigencia,

Llevas mucho tiempo acompañándome en esta aventura que se llama vida. No siempre he sido consciente de tu presencia constante ni de todo lo que aportabas en todos los sentidos.

Valoro especialmente que te preocupes siempre por dar mi mejor versión, alcanzar todos los hitos habidos y por haber, seguir escalando posiciones en las diversas carreras que me propones, encontrar el encaje y la aceptación de los demás y no fallar nunca.

Has sido una compañera de viaje encomiable que me ha ayudado a desafiarme con nuevos retos, a atravesar pantallas y a seguir mirando adelante pasara lo que pasara.

Hoy, pero, te he de decir que ahora que sí soy consciente de lo que representas para mí y de tu impacto, ya no te quiero más conmigo. Al menos no de esa manera.

Me gustaría pedirte que dejes espacio a otros programas que creo que pueden ayudarme a relacionarme con los demás, con las cosas, con la vida de una manera más óptima y que me generen más satisfacción y fluidez.

Te preguntarás por qué después de tantos años ahora decido terminar nuestra relación cuando nos ha llevado a tan buenos resultados. ¿Pero buenos resultados para quién? ¿Para mí o para ti?

Me agota estar siempre pensando en los resultados y no en lo que me ocurre. Constantemente en la presión de no decepcionar los planes que tienes para mí, proyectando expectativas que me agobian. Haces que deje en último lugar en la escalera de prioridades mi sentir, mis emociones y necesidades. Que tenga que tragarme malestares e inquietudes, que no acoja inseguridades, negándome quien soy para acabar relacionándome desde una versión que no soy. ¿Dónde quedo yo?


“Te preguntarás por qué después de tantos años ahora decido terminar nuestra relación cuando nos ha llevado a tan buenos resultados. ¿Pero buenos resultados para quién? ¿Para mí o para ti?”


Lo que quiero decir es que me he dado cuenta de que a mí lo que me mueve y llena no son los destinos sino los caminos. Y no sé qué sentido tiene estar continuamente corriendo en un hiperactivo, persiguiendo listas de “checklist” imperativas e ir recogiendo todo el día angustias, sufrimientos, cansancios. Y sí, quizá consigo lo que me propongo, pero ¿a qué precio? ¿Disfruto del camino? ¿De mi día a día?

Tengo que decirte también que me doy cuenta de que incluso no es así, que contigo no tengo garantizada la eficiencia y la eficacia. ¡O no te acuerdas de todas las cosas que dejo a medias, agotado y hastiado de tanta tralla?!

O de las veces que he abandonado, incluso, cosas que me importan porque no puedo más con el ruido y con el peso de la montaña de post-its que se acumulan en mis deberes de la persona que debería ser : la mejor en todas partes por supuesto, ¡si no no cuenta!

Me doy cuenta de que en la permanente lucha por dar la mejor respuesta, la más rápida, la más acertada, no sólo no disfruto, sino que me bloqueo, acabo no haciendo, maldiciendo o reprimiendo lo que me sale, lo que me nace, el que me hierve, lo que crece.

No es el miedo el que me bloquea. Ni la rabia la que me asusta. Ni la tristeza la que me atraganta. Eres tú que no me dejas resonar con sus melodías ni pintar con sus tonalidades. Me las niegas, pensando que no las podré sostener, y me privas de su universo de colores.

Me pides tanta resolución para encontrar soluciones que no me dejas tiempo ni espacio para hacerme las preguntas. Para pensar, sentir, digerir, conversar y avanzar en los procesos. Es tanto el ansia de ser perfecto o impecable que me pierdo el permiso para escuchar, intuir, dudar, explorar y descubrir. No puedo aprender ni mejorar con tu compañía.

“No es el miedo el que me bloquea. Ni la rabia la que me asusta. Ni la tristeza la que me atraganta. Eres tú que no me dejas resonar con sus melodías ni pintar con sus tonalidades.

Sé que no es algo sólo tuyo. Por tu voz viajan muchas otras. Te has instalado en mi sistema operativo como parte de un programa más global que está presente y que se ha ido transmitiendo de generación en generación seguramente con un mismo objetivo: proteger, replicar, uniformizar, controlar, producir . Todo ello ha acabado deshumanizando de verdad nuestro paisaje.

Por eso, aquí y ahora, quiero pedirte, con estas palabras, que nos tomemos un tiempo y un espacio. Necesito aire para respirar(me) y familiarizarme con otras modalidades más permisivas. Formas de hacer que me faciliten conectar con mi autenticidad. Ahora y aquí quiero alejarme y tomar distancia para vivir más en sintonía desde la presencia.

Me cansa esta constante desorientación a la que me condenas cuando me vas dictando los “deberías”… Necesito atender lo que necesito, lo que quiero, lo que me apetece como fórmula facilitadora y estimulante de andar donde los días y las acciones son agradecimientos que suman y no frustraciones que restan.

Gracias por acompañarme todo ese tiempo. Recojo y acojo con manos llenas toda la colección de momentos, imágenes y tesoros que hemos alcanzado. Sé que, de una u otra manera, seguirás ahí, porque no es tan fácil renunciar a ti, has dejado una huella muy grande dentro de mí y, seguramente, hay una parte de ti que sé que me ayudará a seguir emprendiendo nuevos horizontes. Pero te pido que respetes y entiendas que tu acompañamiento conmigo ya ha terminado, ya he aprendido lo que necesitaba.

Mientras cojo aire con los pulmones y siento lo limpio que me riega cada rincón de mi organismo, me despido de ti con ganas de abrir esta página en blanco, saboreando el permiso de no saber, de sentir que puedo caminar y compartir quien soy sin tener respuesta, sin estar al 100%, sintiendo que cuanto más abrazo a quien soy ahora mismo más cerca estoy de mí.

¡Gracias y hasta otra!

 

Un artículo de Jordi Muñoz,
coach, recreador personal y musicoterapeuta,
codirector de El despertador y
del Institut Ecologia Emocional Espanya.

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