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La quebradiza, por Anna Soriano

CAT

la-trencadissa_post_el-despertador-3Todo era aparentemente normal, la vida iba transcurriendo en sus rutinas del día a día, no estaba ni bien ni mal… sobrevivía. El cuerpo de vez en cuando se quejaba, dolor de espalda, dolor de cabeza, agotamiento, insomnio, irritabilidad… pero medicándolo (con o sin prescripción médica) conseguía callarlo mínimamente para seguir el ritmo.

Un ritmo que quizás sí que era un poco acelerado y quizás sí que no sabía demasiado bien hacia dónde se dirigía, pero seguía el de la multitud, y si lo hacía todo el mundo era señal de que iba por buen camino. La zona de seguridad que había creado ligaba con los patrones establecidos y eso le daba cierta tranquilidad. Nunca se había planteado si estos patrones eran los suyos, había ido siguiendo por inercia los que se daban por supuestos explícita o implícitamente, los que creía que todo el mundo tenía en el imaginario colectivo: la seguridad en todas partes, en la familia, en el trabajo, en los amigos… Aparentemente todo encajaba a la perfección…

Pero había un pequeño nudo interno que de vez en cuando se quejaba… algunas preguntas que en momentos de distracción le iban saliendo: ¿quién soy yo? quién quiero ser? es esto lo que quiero de mi vida? Preguntas molestas que le provocaban un malestar emocional… Intuía que las respuestas le producirían muchos cambios y no se sentía preparada ni siquiera a planteárselos, y menos a llevarlos a cabo. Qué pereza y qué miedo… mejor despistar a la vocecita interior con el día a día.

De repente, sin previo aviso (aunque ya lo intuía) su mundo se desmoronó y a medida que se iban rompiendo las piezas de su rompecabezas, fue perdiendo su identidad. Ella se conocía dentro de ese entorno, fuera de él no se conocía y eso la asustaba. Las preguntas que su vocecita le hacía bajito ahora eran obligatorias y necesarias para seguir avanzando.

la-trencadissa_foscor_post_el-despertadorLa noche oscura del ánima

Y de pronto se encontró a oscuras. Era como si se encontrara dentro de una cueva. Si miraba adelante no veía nada de nada. Si miraba atrás divisaba la luz del lugar donde venía. La tentación de correr hacia atrás y poder volver al pasado, a lo conocido, era muy grande… y lo probó varias veces, pero cuando llegaba a la entrada de la cueva se daba cuenta de que lo conocido ya no existía, que había un cristal gigante que le permitía ver de dónde venía pero que ya no la dejaba volver… y a pesar de que picaba fuerte y fuerte, era imposible, el pasado ya no le pertenecía, formaba parte de otro momento, de otra realidad. Se resistía y resistía a aceptar que ya no podía volver a la zona de confort de donde ella procedía. No era justo, había hecho cosas mal -lo reconocía-, pero ahora lo haría mejor, quería volver a ser su identidad, quería volver a ejercer sus roles aprendidos (aunque interiormente sabía que no dejaban de ser personajes con interpretaciones de Oscar), pero ya las sabía hacer las interpretaciones, tenía las medidas tomadas en su vida. Se desesperó… comenzó a gritar, a dar puñetazos en las paredes, el vidrio, las lágrimas le resbalaban sin parar…

Después de permanecer mucho tiempo llorando y gritando de desesperación, se relajó. Haber podido sacar afuera todas las emociones que la invadían (tristeza, miedo, rabia) había permitido que ahora se encontrara en un estado de serenidad extraño. Dejó de mirar el vidrio y comenzó a mirar por primera vez las paredes de aquella cueva. Y de golpe un pensamiento le llegó: “no es una cueva, es un túnel”. Podía ser cierto esto? No lo sabía. Sólo había una manera de descubrirlo: adentrarse en la oscuridad…

No sabía moverse en territorio desconocido, no sabía si iba a resbalar, si caería…, pero empezó a confiar. Y dejó de centrar la atención al ‘de donde venía’ y comenzó a centrarse en dónde se disponía empezar a caminar. Como por arte de magia, comenzó a fijar la vista hacia el fondo de aquella cueva / túnel… y apareció un punto de luz.

 

Tal vez la crisis podría convertirse en una preciosa oportunidad
para regresar a nosotros mismos y a través de este ocaso,
reconocer la belleza de nuestra noche interna.
Estamos a tiempo de concebirnos de nuevo.
Para reinvertarnos.
Jorge Carvajal

la-trencadissa_cami_post_el-despertadorLa aventura de avanzar

A medida que fue avanzando fue haciendo grandes descubrimientos. Se iba acostumbrando a ver en la oscuridad y se dio cuenta de que las paredes de aquella gruta eran maravillosas: había saltos de agua, estalactitas y estalagmitas, zonas donde había unas grandes entradas de luz y podía observar la belleza de aquel lugar, cada paso adelante era un paso hacia adentro, cada nuevo descubrimiento, coincidía con un autodescubrimiento de una nueva habilidad que no sabía que tenía, cada vez dominaba más los rincones, el tipo de tierra… pero la gracia de todo esto es que el suelo iba variando y el paisaje también, no era zona conocida. Esto la obligaba a estar mucho más despierta, pendiente de cada cambio y novedad para poder hacer la actuación más adecuada. Había momentos también de miedo, de paralización, sobre todo cuando caminaba por una zona nueva y donde todo lo que había aprendido no le servía y había que descubrir nuevas destrezas. Pero en el fondo aquellos retos la motivaban y la hacían sentir viva.

Sí: VIVIR! Sentía que vivía en cada poro de su piel, que cada decisión que tomaba la hacía desde la libertad más absoluta y que, cuando se equivocaba de camino, regresaba y volvía a emprenderlo allí donde las cosas se habían torcido. No tenía miedo de equivocarse, no se quedaba parada ante diferentes opciones, ya no… porque sabía que en cualquiera de los caminos a elegir habría aprendizaje y crecimiento y que, por tanto, en realidad no había ningún camino erróneo. Y el alma se iba ensanchando y ensanchando, y cuanto más se ensanchaba más Amor sentía y más conectada se encontraba con todo lo que la rodeaba. Aceptaba la incertidumbre como parte del camino, la vivía como un elemento necesario pero no la bloqueaba. Se dio cuenta de que ya no le importaba si había una salida o no al final, ya que se daba cuenta de que estaba disfrutando del viaje.

Y lo más maravilloso es que se encontró a otros viajeros que habían emprendido sus propios viajes, que después de un quebradiza inicial y la oscuridad posterior, ahora estaban también aventurándose y descubriéndose.

Un día estaba tumbada junto a un charco de agua y la luz que entraba por una rendija le iluminaba la cara. Una lágrima recorrió su mejilla, una gran emoción la invadía y pronunció una única palabra: Gracias.

 

Anna-Soriano.

Un artículo de Anna Soriano,
psicóloga y co-directora de El despertador,
formadora en ecología emocional, gestión del cambio
y desarrollo competencial

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